Fantasmas, Edward,#1

20 de Agosto de 1940, cerca de la media noche

Los cascos de los caballos rompen contra las piedras, la luna apenas nos permite ver el camino, Erick sigue sin dormir, su mirada va perdida en el abismo que se dibuja a un costado nuestro; Víctor, Máximo y Guillermina nos llevan medio día de adelanto, Erick y yo nos quedamos en San Antonio para la lectura del testamento, Max no pudo quedarse a la lectura debido a cláusulas en el mismo, nuestro padre nunca confió en nosotros, y eso lo demostró en el párrafo décimo quinto: “…y no podrán gastar libremente la cuantía total o parcial hasta el segundo aniversario de mi fallecimiento…”, así como tampoco podremos vender ninguna de las propiedades de la familia; para mantenernos, se nos concederá una ministración suficiente para subsistir cada día durante esos dos años, el dinero deberá de ser finado el mismo día y no podremos compartirlo con alguien más, ni siquiera con Máximo o mi esposa, menos aún entre nosotros mismos, esto último fue gracioso, por que tendrían que ser de muy aguda observación para que eso fuera aplicado, lo de Max lo comprendo, nunca fue bueno administrado sus finanzas pero lo otro…

- Cómo en las historias del abuelo, cuando nos contaba sobre dinero maldito y pactos con otros seres.

- El viejo siempre fue miedoso, por eso nunca logro nada.

- Miedoso sí, pero vivió más que nuestro padre.

- ¿Crees que sea justo para Max?

- No lo sé, pero me temo como va a reaccionar.

Ni si quiera pregunto quien de los dos se lo va a decir, yo todavía no se como decírselo a mi esposa. El carro aceleró en una curva, el camino se hizo estrecho y la lluvia comenzó nuevamente, ya antes habíamos usado el viejo camino entrando por San José, en lugar de la ruta corta por San Jacinto, pero esta vez era más largo, el paso de los caballos se hizo lento por los deslaves, el cochero gritó algo antes de parar completamente la marcha, Erick bajo del carro y yo quede completamente petrificado…

Dos semanas atrás

- Si el señor Howard me lo permite, compartiré con todos ustedes, amigos, familiares, las últimas palabras de mi querido amigo Emmanuel –carraspeo, bajo la mirada y giró los ojos hacía la gente, Víctor, querido amigo, hermano, tú que no me abandonaste en los años más oscuros y diste cobijo a mi familia en tiempos de guerra, y olvidaste el viejo linaje para entregar a tu única hija en sagrado matrimonio, asegurando así la unión de nuestras familias, a ti hermano, doy las gracias por todo lo que haz hecho por nosotros; ahora que ya no estaré cuida mucho de tu persona y de nuestros hijos, vela por ellos, que los peligros del mundo son muchos y diversos –cómo si fuéramos infantes-, que nuestro gran señor te de la luz para ver a los niños que vendrán de ellos -sí tan solo nuestro padre hubiera sabido que Guillermina es estéril y que Erick no se acuesta con mujeres habría centrado su atención en Max– ...oremos púes para que nuestro querido Emmanuel encuentre paz en las tierras del hermano mayor.

- Víctor dijo muy bellas palabras. -me hablaba al oído-.

- Nunca entenderé ese vicio tuyo de llamarlo Víctor -mientras giraba mi cabeza-.

Como tampoco entenderé el mío de no mirar a la gente cuando le habló, el alcoholismo de Emmanuel o la larga fila de gente para dar el pésame a los deudos (nosotros), hubiera preferido que ésto fuera como el funeral del abuelo, con café negro y bolillos para aguantar la noche, sin embargo tenemos aquí a más de la mitad de los caciques de San Antonio llorando desconsolados por el dinero, pero muy pronto estarán afilando colmillos para ver quién es el nuevo líder del gremio, eso, contando con que Víctor ceda terreno.

- ¿Víctor ceda terreno?

- ¿?

- Movías los labios mientras pensabas.

- …

Un día antes

Erick llegó a la casa hace dos horas y no pudo ni mirarme a la cara (cómo si yo fuera un espejo), sus ojos se veían grises aún antes de que entrara a la oficina de Víctor, supongo que se entero tarde de lo de Emmanuel, lo último que me dijo en sus telegramas fue lo del asesinato de Javier, el hermano de Tomás (supongo que de ahí la cortada en su mano), nunca me respondió el último telegrama.

- ¿Cómo fue? -Escuché la voz de Erick-.

- ¿Qué?, lo de papá -me volteé a verlo-.

- Sí.

- Guillermina y yo nos encontrábamos en San José cuando empezó a convulsionase, salimos de vuelta tan pronto nos enteramos, pero llegamos tarde tarde…, Víctor ya había despachado al doctor, nos dio pocos detalles o más bien prefirió omitirlos.

- Ese suegro tuyo siempre tan considerado, ¿Y Max dónde estaba?

- San Andrés.

- …

- Ninguno de los tres pudo despedirse de él, tal vez fue mejor así.

- ¿Crees?

- …,al menos da algo de consuelo, considerando la desunión que había.

- Dímelo a mí.

- Por qué no salimos un rato de la casa, nos hará bien.

- ¿Y a dónde vamos?

- A donde los muertos…

Cuando volvimos todo se encontraba apagado, Erick abrió despacio la puerta, pero el ama de llaves nos escuchó, yo guardé la botella debajo de mi gabán, le dí instrucciones de que no despertara a su patrón ni a mi esposa, nos dijo que Máximo todavía no había llegado a la casa, se regreso ella a su cuarto y nosotros nos quedamos en la cocina calentando tortillas y una hoya de frijoles, sólo el fuego del comal nos iluminaba la cara.

- ¿Por qué nunca te decimos Edward?

- No lo sé.

- Será ese sonido tan inglés que tiene.

- El tuyo no es tan naturalizado.

- Lo sé, pero se disfraza bien, además no te gusta que te llame Edu… -Le

clave los ojos-.

- Solo dime hermano.

- Bien, hermano.

Madrugada

Erick se quedó en la sala bebiendo, y yo me dirigí a mi pieza, el piso me tambaleaba, las escaleras eran demasiado largas, encendí una vela para iluminar el piso, me tropecé con un bastón roto a lado de las escaleras, cuando entre a la pieza las sabanas se encontraban levantadas y el kinque consumía aceite.

- Sabes bien que estamos de luto –me abrazaba por la espalda-.

- A mi no me lo parece, no te he visto llorar… ¿has estado bebiendo?

- No quiero hablar de eso Guillermina.

- Víctor actúa como si ya no existiera, tú llevas tiempo distante y ahora bebes, se qué no te duele como lo de tu abuelo, pero te conozco desde que teníamos seis años, no puedes seguir guardándolo.

- Yo no…

- No lo puedes callar Eduardo, lo veo en tus ojos, –me senté en la cama-, crees que eres el único, ve a mi padre, ve a tu hermano, veme a mi…

- ¿Quieres callarte por favor?

- ¿ Por qué no lo quieres entender?

- Entender , ¿entender qué mujer?, el maldito viejo está muerto -me paré de la cama-.

- El maldito viejo era tu padre.

- Sí, era mi padre, ve lo que le hizo a Máximo, y Erick, a Erick nunca lo aceptó, nos separó a los tres, ¿cómo pretendes que lloré por él?

- Eduardo, tú…

- ¡Deja de llamarme Eduardo!

- No fue tu culpa… -me miró a los ojos-, no quiero que se repita lo de Cordoba -comenzó a llorar-, Edward no quiero que me dejes sola -fue un beso largo-.

Víctor, Guillermina y Máximo se fueron temprano a la hacienda de los Ávila, Erick y yo nos quedamos en el pueblo para arreglar los tramites de venta con mis acreedores y cerrar, si todo sale bien, los tratos en dos semanas más, pasamos a desayunar a la fonda de los Hernández, Erick compró una caja de munición en el centro del pueblo y yo el periódico de esa mañana, vi la fecha y me llamó mucho la atención “20 de Agosto de 1940”, hoy era el aniversario luctuoso de mamá. Alrededor del medio día salimos de la oficina del abogado, Erick estaba tan anonadado como yo por la noticia, Emmanuel simplemente lo había jodido todo, no tendríamos nada del dinero hasta dentro de dos años, ni una maldito peso, salvo lo necesario para vivir, no podíamos vender nada, ni siquiera una puta silla, ese bastardo sabía lo de mis planes, simplemente no quería que me fuera de San Antonio, Erick ya tiene su vida en las costas de Puerto Viejo, Máximo hablaba últimamente mucho del norte y yo… El resto del día fue tedioso, rara vez nos dirigimos la palabra, solo nos limitábamos a cumplir con el itinerario, arreglamos papeles en el banco y la hipócrita comida en la casa de los Leal (Erick va a tardar mucho en perdonarme por llevarlo allá). Salimos del pueblo a las seis de la tarde, el clima se veía bueno y atajamos mucho camino, pero el cielo se empezó a nublar y la tormenta no tardo en caer, tuvimos que desviarnos por San José en lugar de la ruta corta por San Jacinto, intentamos volver pero deslaves y la lluvia habían tapado el camino de regreso.

Publicado en on 2009 Febrero 28 at 5:23 am Dejar un comentario
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